Enfrentando al virus en centros residenciales españoles

Por: Elizabeth Salek

El 27 de diciembre comenzaba el proceso de vacunación en toda Europa, contra el virus SARS-CoV-2 y los telediarios y programas de las distintas cadenas a nivel europeo cubrían la llegada de los contenedores, el traslado a los centros residenciales – que serían los primeros en vacunarse. 

Vacunación contra el virus SARS-CoV-2 en una residencia para adultos mayores en Catalunya
Vacunación contra el SARS-CoV-2 en una residencia para adultos mayores en Catalunya

A las exclamaciones de alivio, se unían las incógnitas, y el ansia de respuestas a temas aún no claros como efectos secundarios, capacidad inmunizadora real, posibilidad de contagio posterior…

Cada uno de estos puntos se consideraría un artículo en sí mismo y están extensamente desarrollados, pero, por mucha información existente aún no puede hacerse referencia a certezas absolutas.  

Y es que si hay algo que nos ha enseñado el SARS-CoV-2 desde su llegada, es que nada es cierto, absoluto o permanente – como la vida misma -, el COVID nos ha obligado a salir de nuestra burbuja de seguridad y planificación, a vivir el día a día y, sobre todo, a sufrir el día a día.

Nadie podrá decir que está pandemia no le ha afectado de una manera o de otra, pero sin duda quienes más lo han vivido como una amenaza directa a su salud y autonomía han sido los mayores, el principal grupo de riesgo al igual que los inmunodeprimidos.

En España, de acuerdo a los datos de las Comunidades Autónomas, desde el comienzo de la pandemia han fallecido 24.800 personas por Covid en residencias de ancianos, según datos de RTVE noticias, es decir el 50% de los fallecidos (a fecha de la realización de este artículo se estima que el total de fallecidos es de 50.000 personas).

Las residencias han estado sometidas desde el comienzo de la pandemia a una sobreexposición en los medios de comunicación, es evidente por los datos, que pueden cuestionarse las formas de actuación, los protocolos, los medios y la gestión. 

Sin embargo, más allá de lo evidente, habrá que saber por qué centros residenciales con medios, protocolos y buena gestión presentaron casos positivos, como también conocer las claves del éxito de aquellos que no han tenido contagios.   Estas preguntas retumban como lo hace un despertador a las 06:00 am en la cabeza de todos los gestores de centros residenciales.

Analicemos las variables

  • Recursos de personal. Más allá de las ratios exigidos por ley o aquellas que se marcan los centros para un buen funcionamiento, la activación de protocolos COVID supone el refuerzo de plantillas de trabajo, sobre todo a nivel sanitario, ya que la tendencia es a dejar personal exclusivo en las distintas zonas, con el objetivo de no cruzar trabajadores que puedan trasmitir lo contagios favorecidos por la movilidad.   Esto ha supuesto incrementar la plantilla en un 30% y si ya el centro presenta casos positivos y se cuentan las bajas de personal, habrá implicado renovar temporalmente al personal (en cuyo caso no sólo se asume el coste económico).
  • Material de protección EPIS (Equipos de Protección Individual). Se ha demostrado que los EPIS son la barrera más útil para prevenir los contagios.  El gasto de material se ha disparado en un 900% debido no sólo al incremento del consumo por los protocolos COVID,  sino también a la gran especulación y carencia de material en la primera fase de la pandemia (marzo- mayo) donde se llegaron a pagar precios exorbitantes por material sanitario.
  • Formación del personal.  El personal ha pasado de tener “nociones” a conocimientos. Pero más allá de la mecánica del trabajo lo más importante ha sido el adquirir la consciencia del peligro y la responsabilidad de la vida del otro, estos dos aspectos en el personal sanitario con el COVID se han convertido o debería convertirse en un estilo de vida. 

La vida en las residencias en la pandemia

La llegada de la pandemia ha sido un tsunami que ha arrasado la forma normal de funcionar: se ha confinado a los usuarios en habitaciones, las actividades fuente de convivencia, se han delimitado en muchos casos al intercambio individual con el equipo de profesionales del centro.  Se ha abandonado comedores, salas comunes y la habitación se ha vuelto el centro de todo, vale decir, se ha vuelto al concepto que precisamente se quería evitar: el de reclusión.

Se han prohibido visitas (en determinados periodos de confinamiento y frente a casos positivos de COVID en el centro) y cuando se han retomado han sido limitadas en el tiempo y bajo estrictas medidas de seguridad: mascarillas, mamparas de por medio, desinfección de manos, medición de temperaturas y sobretodo mucha distancia de seguridad ….

Los grandes sacrificados están siendo los mayores, muchos de ellos han visto menguadas sus capacidades, y sobretodo su ánimo en algunos momentos, sin embargo, de las grandes lecciones de vida que se puedan aprender de estas personas están su capacidad de adaptación, la fuerza vital para reponerse y las ganas de vivir.

Todos hemos visto personas con 96 años vacunándose y manifestando su alegría y esperanza.  En las residencias se podrá encontrar infinitos ejemplos de luchadores, gente así está hecha de otra pasta, de aquella que no doblega el viento por mucho que sople y de aquella, que, como los árboles si mueren, lo hacen de pie.  

Repercusiones del virus en las olas

Emmanuel Macron, presidente francés, en su primer discurso para implantar el confinamiento el 16 de marzo de 2020, realizó un mensaje muy bélico indicando que estábamos en guerra contra el coronavirus.

Muchos criticaron su discurso, pero 10 meses después hay que admitir sin ninguna duda que así ha sido, esta es una guerra de tiempos modernos, sin fusil, contra un enemigo invisible pero letal, un enemigo se crece ante la falta de orden y triunfa gracias a la irresponsabilidad individual o a la relajación de quienes incrédulos celebran fiestas, no mantienen la distancia social, no usan mascarillas o siguen realizando su vida normal aún con síntomas.  Esta guerra, además, nos recuerda la gran paradoja humana ya que, por mucha tecnología, información, recursos y aun siendo ciudadanos del S XXI seguimos siendo unos frágiles seres humanos.


Elizabeth Salek, es licenciada en Ciencias de la Comunicación, Master en Recursos Humanos y Directora de Calidad y Recursos Humanos Grupo Puente Real Badajoz, España

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