Los científicos locos, nosotros y el futuro


Al principio, encendías la tele y los científicos locos estaba ahí. Podía ser un villano como el Dr. Doofenshmirtz de Phineas y Ferb, o Gargamel, que quería echar a los Pitufos a la olla para convertirlos en oro (todo alquimista medieval cuenta como científico). A veces te sacaba una sonrisa, como el Profesor Frink de Los Simpson o se hacía querer, como el Doc Brown de Volver al Futuro. El tema es que cuando había un científico, nunca estaba muy cuerdo, o se la pasaba haciendo cosas raras.

Luego, “los científicos” pasaban a ser una categoría extraña y anónima en titulares de prensa atemporales: “Científicos dicen que descubrieron 50 nuevas galaxias”. “Según estudios científicos, el café hace mal”. “El café es muy recomendable, según científicos de la universidad de Logroño”. Y comenzabas a atiborrarte de Buena Vista tostado europeo con la conciencia tranquila, la ciencia te respaldaba.

En eso estábamos cuando, por culpa de un gil que se tomó una sopita de murciélago, una malvada conspiración o los aliens, la humanidad se debió enfrentar a un virus del mal. Tuvimos entonces que mirar a “los científicos” para que nos dijeran qué hacer: pónganse máscaras, distancia entre ustedes y lávense las manos constantemente (esto último ya debió ser norma en un planeta que manipula sus celulares mientras va al baño a hacer el dos).

Ahí nos dimos cuenta, una vez más, de la gran brecha de comunicación que existe entre los científicos y el resto de la humanidad. Una de las obsesiones del divulgador científico Carl Sagan, y objeto de su crítica en libros como “El cerebro de broca” o “El mundo y sus demonios”, es esa distancia que se establece con quienes se dedican a la investigación.

Puede parecer un tema inocente, pero deja de serlo cuando, debido a dicha grieta, aparecen exóticos personajes a decir que las vacunas causan autismo o que no se van a inyectar porque se creen muy rebeldes y las farmacéuticas, malévolas cabezas del capitalismo, se quieren hacer millonarias. Ni hablar de los vendedores de cloro: al inicio de la pandemia, había salas de terapia intensiva donde no solo estaban las víctimas del virus, sino quienes se habían perforado el intestino tomando limpiador de piscina a nombre de “remedio milagroso”.

¿Científicos locos?

¿Por qué es tan difícil para la ciencia hacerse entender? Tal vez porque sus complejidades se resisten a la simplificación. Y la verdad, nuestra tendencia como sociedad al binarismo y a la reducción de la realidad a mínimos, producto de una sobrecarga informativa diaria, no ayuda mucho. Quizá por ello el bosón de Higgs tuvo que bautizarse como “la partícula de dios”, con el desagrado de los físicos, pero en su momento fue la única forma de llamar la atención sobre un descubrimiento fundamental.

Carl Sagan decía en 1990 que vivimos en una sociedad dependiente de la ciencia y la tecnología, en la que prácticamente nadie sabe nada sobre ciencia y tecnología. La pandemia no ha hecho más que darle la razón: usamos nanotecnología diariamente en nuestros bolsillos, se han desarrollado vacunas en tiempo récord, acabamos de lanzar al espacio un telescopio que nos permitirá mirar millones de años en el pasado, pero seguimos hablando de “Mercurio retrógrado” y vemos crecer con asombro el número de terraplanistas. La falta de divulgación científica hace que la superstición y la charlatanería tengan siempre un asidero que deja de ser inocente cuando se trata de la salud y la vida.

De entender a los científicos locos dependerá nuestra cordura en el futuro.
De entender a esos “científicos locos” dependerá nuestra cordura en el futuro.

Hoy que necesitamos tanto de la ciencia, esa enorme grieta existente entre “ellos” y nosotros, o más bien dicho, esa diferencia que establece un “ellos” y un “nosotros” debe cerrarse lo más pronto posible.

Más espacios de ciencia en los medios, ni que se diga en la educación formal. Necesitamos de la ciencia no para alardear de los grados académicos, sino para percibir mejor a la sociedad, al mundo de 2022 y de los años por venir.

De entender a esos “científicos locos” dependerá nuestra cordura en el futuro.


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