Microcuentos ganadores del 1er. Concurso literario contra el racismo, de Banco Mundial

La oficina del Banco Mundial en Bolivia ha anunciado a los ganadores del primer concurso literario ‘Si tus ojos vieran mi historia’. En esta entrega, te damos a conocer a los microcuentos ganadores en los primeros lugares de las dos categorías del concurso, y a otros ganadores.

El concurso del Banco Mundial tuvo dos categorías, cuyo primer lugar en ambas tiene una traducción al aymara, guaraní, quechua e inglés. Los GANADORES CONCURSO MICROCUENTOS 2021 en la CATEGORÍA A son escritoras y escritores noveles entre los 18 y 23 años, el primer lugar lo obtuvo Ernesto Flores Meruvia de Cochabamba, con el cuento “Yo, Julio Tarqui”. El segundo lugar corresponde a Sebastián Moscoso de Sucre, con “Fausto y el olvido”. El tercer lugar lo ganó Wara Moreno de Cochabamba con “33 variedades de papa”.

En la CATEGORÍA B, escritoras y escritores aficionados entre los 24 y 99 años, tuvo muchos concursantes. El primer lugar lo obtuvo Marcio Aguilar de la ciudad de Tarija con el título “Aprender a hablar”. El segundo lugar, corresponde a Mariana Villa de Sucre, con “Viaje a Chile”. El tercer lugar pertenece a Elvia Andia de Cochabamba con “Perfume de las manos”.

Estos son los microcuentos ganadores en las categorías A y B:

Categoría A:

“Yo, Julio Tarqui”

Me llamo Julio Tarqui. Soy aymara. Negro me dicen, mi piel es morena. Actualmente vivo en la ciudad, aunque no me agrada. En la urbe solo soy mosca, no puedo estar en un lugar mucho tiempo; o me botan, o me boto. Aunque, la verdad, siempre son ellos los que me botan. Ni en la calle puedo andar tranquilo. Cuando paso, las señoritas cuchichean. Mirá ese cholo, dicen entre ellas, como si no las escuchara. Mirá esos trapos, ese cabello, ¡esas uñas! Los señoritos sacuden sus sacos y pantalones, como si al verme se ensuciaran. Seguro me ven con cara de polvo. No saben disimular su disgusto, su incomodidad. ¿Será por mi color que me confunden con el polvo? ¡Pero si yo soy barro!, como ellos, como todos; no soy polvo ni polvareda. Es que… ellos son otra clase pues. “No me mires, no me toques” son. Cuando me ven se ofenden. Pareciera que con pasar nomás ya les estoy insultando. Cambian sus caras, se molestan. Por eso no me gusta bajar a la ciudad para ir a mi trabajo.

Vivo en las laderas. Mi casa está ahí, donde todavía llega el sol con plenitud; un poco más allá de donde terminan las demás casas. Todos los días bajo a la ciudad, incluyendo domingos. Gano poco. Afortunadamente vivo solo; nadie depende de mí. Yo soy mi única responsabilidad, mi único peso. Mi madre se ha muerto. A mi padre nunca lo conocí. No tengo hermanos. Cuido mi soledad, me la guardo. Compartir mi vida sería compartir también la miseria con la que vivo. Yo no haría eso, con nadie. Prefiero morirme así, solo. 

Soy albañil. Hago casas, grandes y lindas, para esa gente que tiene mucha plata. Yo, sin embargo, vivo en un cuartito de adobe. Arriba, en los andamios, quemado por el sol, pienso esta ironía, pienso en mi desgracia. Me pregunto: ¿Por qué tanto para pocos? ¿Y por qué yo con tan poco, si como yo somos tantos? Nunca he podido responderme. Nunca he dejado de preguntarme…

¡Qué cuecas, che! Esas que tocan en La Chola Flora. Yo no conocía esa chichería. Mis amigos, los otros albañiles, me han llevado un día. Ahora vamos todos los viernes. En ese lugar me siento bien, no es como en las calles. Pareciera que ahí no visto trapos, sino ropa. Sirven rica chicha, y es más dulce si suena Tu orgullo. Esa es mi pieza, mi cueca. Me gusta porque es un engaño. Y así engañado me gusta bailar y cantar. Yo sé que no es verdad, que “no se hace tanto como se paga”, como dice la letra. Nunca he visto pagar a esa gente que me maltrata, que me desprecia. Tampoco es verdad eso del vaivén. Yo solo voy y vengo de mi trabajo. Muevo y remuevo la mezcla. ¡Nada más!

Todo es mentira en esa cueca, no significa nada real. Por eso significa tanto para mí. Cuando les cuento esto a mis amigos, se me ríen. ¡Mejor tomá, Julico!, me dicen. Yo también me río pues, qué voy a hacer. ¡Salud!, les digo. Entonces, tomamos. ¡Todo es reír nomás en esa mesa! Que tal chiste, que cuál chisme. Nadie nos dice nada. Ahí no hay moscas ni polvo. Nos abrazamos sin asco porque todos ya estamos sucios. Ese rato puedo cantar y bailar con libertad. Son esos momentos en los que mi corazón se alegra. Me olvido de lo demás. Mi memoria se pierde. Estoy muriendo la vida y no me estoy dando cuenta.

Categoría B, primer lugar de los microcuentos ganadores:

Aprender a hablar

Una radio le devolvió la voz. Juana se lamenta de que Trinidad Apaza, su madre, no haya podido escucharla. Se fue a la tumba sin conocer la palabra de su hija porque el 2 de enero de 2005, catorce años antes de la emisión radial, la enterraron por culpa de un cáncer. Juana, muda del cuerpo y de la voz, en realidad, podía hablar. Pero no era ella la que hablaba, era su madre. Trinidad Apaza había puesto sobre su hija su propio cuerpo y sus propias palabras. Cuando el señor te mande, le decía, te has de agachar un poco, así, mirame, solo la cabeza, no todo el cuerpo, y le has de responder: sí don Gustavo, claro don Gustavo, está bien don Gustavo. Así has de hacer, ¿me entiendes, hija? Y Juana respondía con la cabeza: un movimiento hacia arriba, un movimiento hacia abajo. A Trinidad Apaza aquello no le gustaba. Ay, esta imilla, le volvía a decir. Te estoy diciendo, así como yo vas a ser, así como yo vas a decir. Quiero que me respondas con la boca, ¿has entendido? Entonces Juana respondía: sí mamá, claro mamá, está bien mamá. Más tarde, Juana diría por la radio que aquella era una forma de aprender a ser muda. Después de imitar cada inclinación del cuerpo, después de repetir cada entonación de voz, después de agarrar los trapos con el mismo empeño, después de doblar la ropa reproduciendo el orden, Juana se convirtió en su madre. 

El 2 de enero de 2005, terminó la copia. Cuando Trinidad Apaza murió, Juana se quedó a cargo de la casa de don Gustavo. Un día, aprovechando la ausencia de la madre, el viejo se puso al frente de la hija y le preguntó: ¿tienes hermanas? No, don Gustavo, respondió Juana. Qué lástima, continuó el viejo. Ustedes las indias, las cholas, bien trabajan, creo que nacen para empleadas, ¿no? En un mes mi hijo comienza a vivir solo y quiero para su casa una como tu madre, una como vos. A ver, pensá, debes tener alguna prima, alguna amiga. Juana se quedó en silencio. Más tarde, el día de la emisión, ella diría que aquella era una forma de perder la voz. Casi diez años después de la muerte de su madre y cuatro antes de la emisión radial, Juana, con diecinueve años, decidió dejar la casa de don Gustavo. Salió una noche, la misma en que el sudor del viejo entró por primera vez a su cuerpo. Trinidad Apaza no le había enseñado nada sobre aquello. Juana, mientras metía en una bolsa la poca ropa que tenía, pensaba en su madre. ¿A vos también mamá? ¿A vos también, como a mí?

Más tarde, modulando la rabia con el micrófono en frente, Juana diría que ante el dolor se perdía el habla y también el cuerpo. La hija de Trinidad Apaza salió esa noche. Mientras caminaba se daba cuenta de que no solo escapaba de una casa, sino también de una madre y de sí misma. Así como yo vas a ser, así como yo vas a decir, ay esta imilla, recordaba Juana. Pero ahora, mamá, ¿qué hago? ¿Qué has hecho vos? ¿También te has salido? ¿Has vuelto? Las respuestas no las encontraría esa noche, tampoco las siguientes. Una tarde, después de cuatro años de estudio en la universidad, Juana estaba sentada en la oficina de una emisora y tenía un micrófono en frente. A su costado, había otras mujeres como ella. Luego de una breve presentación, la conductora dijo: aquí tenemos a Juana, ella es comunicadora y tiene muchas cosas que contarnos. Juana, háblanos de tu experiencia.

Yo también fui empleada, entonó la hija de Trinidad Apaza, y puedo decirles que recién ahora aprendí a hablar.

Otros microcuentos ganadores:

Lee a los microcuentos ganadores del primer concurso contra el racismo, auspiciado por el Banco Mundial.

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